Un amigo me contó el otro día cómo un antiguo ligue suyo se había llevado una “desagradable”sorpresa al conocer en persona al chico con el que había estado ligando en un chat.

Después de entablado el conocimiento y de un tiempo dilatado de cyberrelación -cuenta mi amigo- se había enamorado de él. Se intercambiaron fotos y se gustaron aún más.

Y llegó el esperado e inevitable momento de conocerse en persona. Acordaron una cita y cuando se presentaron ella comprobó con horror que él era minusválido, tenía prótesis en las piernas y necesitaba muletas para desplazarse (poliomelitis).

A esta chica se le cayeron los palos del sombrajo literalmente, según quien me lo contó: “Se quería morir. Por un lado, porque se consideraba engañada por este chico que le había ocultado una parte importante de su persona. Por otro lado por haberse descubierto ella misma rechazando a una persona con una anomalía física, cosa que hasta ese momento, jamás lo hubiera pensado”.

No es difícil imaginar el shock que sufrió y que tiempo después aún la hacía sentirse tan mal como para contarlo a la menor oportunidad, buscando el consuelo en la comprensión del oyente.